Crítica de Lo que hacemos en las sombras

(2014)
    Enrique Menéndez
    Por Enrique Menéndez
    10

    Da gusto encontrarse con algo totalmente inesperado. Últimamente llevábamos unos años en el que la temática vampiro había mejorado tras el despropósito total que supuso la saga Crepúsculo. Películas como Byzantium y Sólo los amantes sobreviven aportaban la seriedad de siempre a dicha temática. Muy lejanos quedan los tiempos de películas como Jóvenes ocultos y desgraciadamente hemos asistido a desastres como Somos la noche. Así que cuando se supo que había una película en formato falso documental sobre la vida de los vampiros la cosa se puso más que interesante.

     

    Y en 2014 llega Lo que hacemos en las sombras. Como otras grandes películas pudo verse en el festival de Sitges tras haber ganado en el de Toronto.  Y la verdad es que se entiende que tampoco se fuera de vacío en Sitges.  La palabra falso documental suele llevar a equívocos. Todo esto de películas grabadas al estilo El proyecto de la bruja de Blair acaba cansando. En su momento tuvo su gracia, el problema es que ahora lo que se conoce como “mockumentary” parece ser suficiente como para justificar argumentos, interpretaciones y demás. Es decir, como es un “mockumentary” pues ya se le tienen que perdonar los fallos. Y no es así, porque bajo esa excusa se han visto verdaderos desastres.

     

    Sin embargo Lo que hacemos en las sombras es una joya. Con un presupuesto modesto y un reparto bastante desconocido nos encontramos ante casi una hora y media de risas aseguradas.  Mostrando el día a día de la vida de los vampiros disfrutamos con una sucesión de gags basados en situaciones normales pero llevadas a la vida vampiro. Las típicas discusiones entre compañeros de piso aquí arrancan las carcajadas del personal. Destacar la primera noche que salen de fiesta y sus problemas para elegir vestuario o poder entrar en los locales.

     

    No desfallece en ningún momento, quizás se echa en falta un poco más de metraje y ese final feliz que estropea aunque sea sólo un poco la mala leche y toque gamberro que desprende la película. 

     

    Olviden los Cullen, echen de menos los vampiros de Santa Carla y abracen a los vampiros del barrio.

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